domingo, 16 de noviembre de 2014

LA GRAN RECESIÓN II: La desregulación financiera.

La crisis del petróleo y la ofensiva neoliberal.

Cuando el presidente Nixon decidió unilateralmente en 1971 la suspensión de la convertibilidad del dólar, para hacer frente al  agobiante  déficit, puso fin al período  inaugurado con los acuerdos de  Bretton Woods. Los principales países  industrializados  libraron  entonces  sus  divisas  al  mercado:  ya  no  serían  los Bancos Centrales los que determinarían su cotización, sino la oferta y la demanda. En cualquier caso, sus reservas  representaban  ya  una  ínfima  parte  del  valor  de  los  flujos  de  capitales. Los  asociados  en  la Comunidad Económica Europea, beneficiados por la estabilidad política y la liberalización, fijaron bandas de fluctuación para sus divisas, como el Euro Composite Unit ideado por la firma N. M. Rotschild and Sons, aunque pospusieron su integración económica por el brusco aumento del precio del petróleo decidido por la OPEP en 1973, que puso fin a la era de la energía barata. 
Una  de  las  consecuencias  de  estas  crisis  del  petróleo  fueron  las  crisis  de  la  deuda.  La  Reserva Federal había iniciado una política de dinero escaso y como los tipos de interés que fijaba  eran altos para sostener  la  cotización  del  dólar, los inversores  de  todo el mundo se volcaron hacia los títulos de deuda pública estadounidense y muchos  países se endeudaron aprovechando las facilidades, expectantes del aumento de la cotización del dólar. A principios de 1985 cuando estalló la crisis de la deuda en México la comunidad financiera internacional constató que sus inversiones podían peligrar. Los banqueros reclamaron la devolución de sus créditos, lo que obligó a muchos países a declarar la suspensión de pagos. Para atajar el problema, la diplomacia  estadounidense  consiguió acuerdos de refinanciación y  en  las  sucesivas negociaciones con el Banco Mundial y el FMI, consiguieron imponer a los demás estados, la flotación de las monedas y la liberalización progresiva de las relaciones económicas internacionales, en particular las  financieras.    
Las crisis del petróleo de 1973 y 1984, fueron un aviso sobre el ritmo al que se estaban consumiendo los recursos y puede considerarse un hito que acabó con el ciclo de onda larga que comenzó tras la Segunda Guerra  Mundial.  La  tasa  de  beneficio  de  las  principales  actividades  productivas  inició  su  declive  y  el crecimiento se ralentizó. Las recesiones se hicieron más largas y profundas mientras que las recuperaciones eran cada vez más débiles y breves. Estas crisis y los problemas de legitimación y de hegemonía por los que pasaba Estados Unidos, provocaron la reacción en los círculos del gran capital para garantizar sus intereses. 

A nivel político tiene lugar la llamada revolución conservadora, ejemplificada en los gobiernos de Reagan en  EE.UU. y Tatcher en el  Reino Unido, cuyos gobiernos impusieron políticas muy favorables al capital: rebajas impositivas, privatización de actividades rentables del sector público, intervención del Estado para defender intereses económicos privados y reprimir a los trabajadores. Como consecuencia aumentó la desigualdad en estos países, como se refleja en el aumento de la participación de las rentas de propiedad en las rentas nacionales de estos países y la correspondiente reducción de las rentas de trabajo. También se favoreció la competencia de la fuerza de trabajo, aumentando el ejército de reserva gracias a la deslocalización de las empresas y debilitando estructuralmente su capacidad de negociación sindical. Se rescataron y reformularon las teorías liberales combinando el individualismo y la  mercantilización  de  las  relaciones  sociales,  con  el  neodarwinismo  social  elitista. Así en el informe del profesor Huntington para la Comisión Trilateral reconocía que:
"(...)la acción de un sistema democrático requiere generar un nivel de apatía y no participación de ciertos grupos(...)".

La  concesión  de premios Nobel a teóricos de la nueva ortodoxia, como Milton Friedman o George Stingler ambos de la Escuela de Economía de Chicago, y la promoción de universidades y think tanks, crearon un vasto ejército de titulados adoctrinados en las nuevas concepciones, con una escala de valores presidida por el triunfo en los negocios y el enriquecimiento personal. En esta época, los bancos de inversión contrataron a numerosos jovenes ambiciosos salidos de las business school, la burguesía comercial se volvía permeable para llenar los departamentos de fusiones y adquisiciones; el  yuppie sería el icono pop y los grandes escándalos financieros de la década de los 80, la consecuencia.


El Estado, al desregularizar las finanzas, perdió un ámbito esencial, por lo que el poder democrático retrocedía frente al poder del  capital  transnacional. Por ejemplo en 1980 se promulga en Estados Unidos la Depositary Institutions and Monetary Control Act que anulaba casi toda la regulación que separaba las operativas entre bancos comerciales y de inversión establecidas tras el crack del 29. 

Los  grandes  paladines  del  neoliberalismo  en  los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña, llevarán esta estrategia a su dimensión global. Al acabar con el cambio fijo y convertir al dólar en dinero fiduiciario, al tiempo que moneda de reserva e intercambio, habían consagrado un sistema monetario internacional gobernado por los intereses expansivos estadounidenses. Tras haber logrado la independencia de los Bancos Centrales respecto de la política democrática y reformado el FMI  y  el  Banco  Mundial  según  los  nuevos  principios  monetaristas  y  las  concepciones  neoliberales,  el permanente  flujo  de  valores  hacia  Wall  Stret  y  la  City,  financiarán  la  política  norteamericana  y  británica, desde donde refluirían en forma de financiación condicionada hacia el resto del mundo. Así el neoliberalismo se extendió con el régimen de gobernanza de Wall Street, provocando la dependencia del mundo respecto de los centros financieros.    

Esta fase coincide con la implosión del sistema soviético, que ya había perdido todo su atractivo económico, dando paso a la nueva era del capitalismo global, que se dio en llamar el fin de la historia. En este contexto la CEE lanzó su propuesta del Acta Única para completar la unificación del mercado europeo tras sortear crisis. Los criterios de convergencia acordados en Maastrich pretendieron culminar el edificio de la Unión Europea, institucionalizada con el Tratado de Lisboa.

La globalización triunfante.    

El consenso de Washington, por el que los Estados contraían su ámbito de acción para ampliar el campo  de  los  mercados,  también  fue  asumido  por  la  izquierda  política, considerando  que  no  había alternativa y en este sentido se enmarca la tercera vía propuesta por el premier británico Tony Blair. El crecimiento económico se reactivó, pero desvinculado del empleo de los factores productivos, lo que marca un hito respecto al sesgo consumista imperante desde la Segunda Guerra Mundial. Otro hecho fundamental fue que la expansión del proceso globalizador se vio favorecida por el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. 

Una  economía  capitalista  globalizada, sobre todo a partir de la entrada de Rusia y China en el mercado  mundial, se enfrentaba al eterno dilema del capitalismo de cómo  conseguir que  unas  masas sociales empobrecidas por una  renta  cada  vez  más  desigual, podían absorber la enorme capacidad productiva y en rápido crecimiento, de la economía global. La respuesta fue el mismo  mecanismo  que había precedido  la  crisis  del  29: una gran  expansión de la demanda soportada por un enorme crecimiento del crédito  bancario  que  fue posible por la afluencia de grandes masas de capital hacia las  actividades financieras, mucho más rentables que las productivas. La desregulación de las actividades  financieras impulsadas por el neoliberalismo institucionalizado, junto con la expansión del crédito, dio lugar a un crecimiento incontrolado de la especulación financiera como reflejaría la crisis de los tigres asiáticos en 1997 o el estallido de la burbuja de los puntocom en 2001.

En Estados Unidos, para hacer frente a los problemas que lastraban su economía y para evitar que los atentados del 11 de septiembre la hundiesen, las autoridades monetarias aprobaron un conjunto de medidas entre las que destaca, por su trascendencia posterior, la rebaja de los tipos de interés hasta llegar a situarse por debajo del 1%. Esto significó que el crédito se hizo más barato y con un acceso tan fácil a la financiación externa, el nivel de endeudamiento se disparó. Las empresas recurrieron a los bancos para ampliar negocios y  especular en bolsa. En el caso de las familias, solicitaban créditos aumentar su capacidad  de consumo, especialmente préstamos para adquirir viviendas, lo que provocó que el negocio inmobiliario se multiplicase y que los precios se dispararan. De esta manera se formó la burbuja inmobiliaria por la ciega confianza en que los precios mantendrían constantemente esa tendencia al alza. 

Las entidades bancarias no cesaban de ampliar su oferta de créditos para ampliar el negocio, pero como los tipos de referencia eran tan bajos, la rentabilidad que obtenían no era muy alta. Para mantener sus beneficios se esforzaron por hallar nuevas fórmulas que les permitiesen conceder créditos a un mayor tipo de interés. Así ofrecieron préstamos a grupos en condiciones económicas inseguras, compensando el riesgo de impago cobrando  tipos  de  interés  más  alto.  De  esta  manera  nacieron  las  hipotecas  subprime y  se popularizaron los llamados créditos ninja, más arriesgados pero también más rentables. Sin embargo pronto alcanzaron los límites legales establecidos, ya que un conjunto de normas internacionales estipulaba que los bancos  no  podían  conceder  créditos  por  encima  de  un  determinado  porcentaje  de  su  capital. Ante esta situación había dos opciones, o bien dejar de conceder créditos o bien aumentar su capital. Lo primero es impensable para un capitalista, lo segundo era difícil y además la mayoría de los bancos se encontraban en la misma situación, así que recurrieron a la titulización de sus activos.     
Este procedimiento no era nuevo pero comenzó a usarse en medidas nunca antes conocidas. Significa que el banco vendía el contrato de préstamo hipotecario a una sociedad de inversión que creaban para tal fin, un vehículo, y ésta se encargaba de revenderlo en los mercados financieros. El vehículo podía ser prestado a otros bancos y con ese dinero, compraba el contrato hipotecario a su banco que, de esta manera, sacaba de su balance  el  arriesgado  activo  y  a  cambio  recibía  la  tan  ansiada  liquidez  para  seguir  ofreciendo  préstamos. Rápidamente el vehículo emitía nuevos títulos, en realidad los mismos contratos que había comprado, y los vendía  a  mayores  tipos  de  interés  que  los  legales  existentes.  Fue  así  como  se  multiplicó  la  oferta de productos financieros derivados, cuyo valor se basaba en el precio de otro activo llamado subyacente.
    
Los compradores de estos productos derivados fueron, en primer lugar, los propios  bancos, compañías de seguros, entidades gestoras de fondos de pensiones y los fondos  de  inversiones, que se dedicaban a vender y comprar permanentemente estos productos financieros aprovechando las variaciones de precio, extendiendo estos activos, luego llamados tóxicos, hasta llegar a los pequeños ahorradores de todo el mundo. La voracidad sin límites de los banqueros, les llevaba a inflar cada vez más su deuda, intensificando constantemente este proceso para obtener liquidez y, con tal de vender créditos, los concedían a familias y personas cada vez más insolventes. Estos préstamos inmobiliarios eran tan arriesgados que resultaban muy poco  atractivos  para  venderlos  a  través  de  sus  vehículos,  por  lo  que  desarrollaron  un  procedimiento  que consistía  en  agrupar  las  hipotecas  en  paquetes,  disimulando  así  el  riesgo  y  la  Reserva  Federal  autorizó  el engaño. 

En principio en los paquetes había hipotecas buenas, prime, y malas, subprime, pero  luego los vehículos crearon otros más desarrollados como los ABS, Asset Backed Securities, mezclando todo tipo de activos que incluían préstamos hipotecarios, créditos para el consumo o el estudio, etcétera. Posteriormente crearon  los  CDO,  Collaterized  Debt  Obligations, paquetes financieros más complejos que podían incluir activos  más  diversos. Estos mecanismos  piramidales  y  opacos  proporcionaron  beneficios  en  cantidades ingentes. Para disimular se recurrió a las llamadas Agencias de Calificación, entidades privadas contratadas por los emisores de títulos para valorar la calidad de sus productos financieros, pero como  los bancos les pagaban por ello, las calificaciones para la basura tóxica resultaron ser buenas. A este respecto es muy recomendable el artículo de John, A. Agnew "Baja geopolítica: agencias de calificación crediticia, la privatización de la autoridad y la nueva soberanía".

El estallido de la burbuja inmobiliaria.   
Durante años los bancos consiguieron espectaculares resultados que repartían entre sus  accionistas privados, pero la euforia no podía durar siempre. Llegó un momento en 2007 que la Reserva Federal subió los tipos de interés y con ello las cuotas hipotecarias a pagar. Las expectativas sobre nuevos aumentos en el precio  del  mercado  inmobiliario  se  vinieron  abajo,  la  construcción  frenó  y  millones  de  trabajadores despedidos dejaron de pagar los préstamos que habían suscrito con el banco. Consecuencia de todo esto fue que  los  productos  financieros  derivados  de  estas  hipotecas  subprime perdían  su  valor,  porque dejaban de proporcionar flujos de dinero con las cuotas mensuales. Las entidades que habían participado en el festín comenzaron a registrar pérdidas (como Fannie Mae o Freddie Mac cuyo rescate aprobó el Congreso de Estados Unidos el 11 de julio de 2008), incluso a declararse en bancarrota, (como el gigante Lehman Brothers), ya que mientras el valor de sus bienes se encogía, las deudas permanecían intactas. Además los bancos tuvieron que hacerse cargo de las entidades vehículo para evitar que quebrasen. Por ejemplo el 16 de marzo de 2008 el banco de inversión Bearn and Stearns fue adquirido por J.P. Morgan con el respaldo de la Reserva Federal y en septiembre Merril Lynch sería absorbido por Bank of America. Así se inició la debacle financiera que se extendió rápidamente por el mundo globalizado. 

Como  consecuencia  de  la  crisis  de  confianza,  los  bancos  dejaron  de  prestarse  entre  ellos  ya  que sospechaban  de  la  solvencia  de  los  demás,  al  cerrar  el  grifo  de  la  financiación,  la  crisis  inmobiliaria  de Estados Unidos se transformó  en una crisis financiera global. Los gobernantes decían que faltaba liquidez pero en realidad ésta no salía al mercado porque el miedo se había extendido ante el riesgo generalizado. La carencia de financiación hundió los mercados y paralizó a las empresas que tuvieron que despedir a millones de trabajadores. Mientras tanto como la inversión en los mercados financieros e inmobiliarios era demasiado peligrosa, los capitales especulativos, se dirigieron a la inversión el petróleo y productos alimenticios, lo que supuso un alza de precios espectacular, fatal para millones de personas. Se fue abriendo paso la certeza de que el período de prosperidad vivido en los últimos años, se había asentado sobre bases muy débiles.

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